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Matandome suavemente con sus palabras

Algunos años atrás conocí a una bella española que visitaba Lima. La chica era preciosa y destacaba sobre las chicas limeñas por algo en especial: su voz. Es conocido que los limeños hablamos con un tono cálido y bajo. Además usualmente utilizamos diminutivos en nuestra heredada forma de hablar que siempre buisca ser cariñosa. Es algo genial hablar así valgan verdades, pero cuando escuchas a todas las chicas hablar así, resulta que si alguien viene con una tonalidad diferente te llama la atención.

Pues bueno la muchacha española de la que les comento, de nombre Marcela y de apellido que no puedo publicar por discreción y galantería, visitó Lima hace algunos años y tuvo la suerte de conocerla en un pub de Barranco (Barranco es un distrito limeño aledaño al mar con casonas antiguas de los primeros años de la república). El ambiente romántico de una noche barranquina más la sonrisa de Marcela cuando la conocí me produjo esa sensación increíble que te ocasionan los grandes momentos. El Deja Vu dicen los franceses. Me refiero a sentir que ya pasaste antes por este momento. Obviamente como yo sabía nunca había visto antes a esa españolilla por lo que asocie el momento con una premonición exquisita de un amor por venir.

Me la presentaron unos amigos y pronto nos apartamos del grupo. No solo estaba fascinado por sus ojos, sus labios, su cabello, etc. También me mataba ese estilo de hablar tan fuerte y esa extraña agresividad que tienen los españoles para hablar. Parece que quisieran arrasar con todo. Y Marcelita arrasó ese día con mi corazón.

Unas horas después en la medianoche nos encontramos frente al malecón de Barranco completamente absortos en conocernos. Yo en realidad estaba en un viaje mágico por España. Ella me relataba su infancia en un pequeño pueblo de Sevilla que me hacía pensar en las viejas canciones de Serrat. Cada detalle que me contaba me llevaba por los caminos de una niñez que no era la mía, pero que me hubiera gustado vivirla.

Esa noche terminó con un beso. Pero un beso inolvidable en mi caso. Nos hicimos pareja en sus cortas vacaciones en Lima, salimos a matar la noche en miles de pubs y discotecas de Lima, probamos mil sabores de la comida peruana y enlazamos nuestros destinos con una gitana que me leyó la mano y me dijo “Tú viajarás a España”

Lo cierto es que al terminar sus vacaciones ella se marchó a su ciudad Sevilla y me escribió algunos meses hasta que me perdió en el olvido de la distancia. Le escribí algunas veces pero no contestó. Lo que ocurrió conmigo fue que me volví un loco obsesivo de Sevilla. Compré miles de guías de viajes de la ciudad, planifiqué mi presupuesto para ir a la ciudad muchas veces, pero el presagio de la gitana no se cumplió.

Descubrí que la ciudad tiene un gran equipo de fútbol. También que el tipo español sevillano es más oscuro que el del resto del país (tal vez por influencia mora). Además Sevilla es la perla de Andalucía y tiene imponentes monumentos históricos como
la Giralda, el Alcázar y la torre de oro.

Entre otras cosas me enteré de la epidemia de fiebre amarilla que asoló la ciudad en los primeros años del siglo XIX, también leí la época gloriosa de la conquista mora y muchos detalles más.

Mi gran ilusión entonces era viajar a España y reencontrar a Marcela en
la Torre del Oro. Me imaginaba el encuentro casi como una película de cine. Tanto fue mi afán por ir a Sevilla que terminé ahorrando lo suficiente para irme y si no me marché fue porque tuve problemas con
la Visa.

Sin embargo, cuando estaba en esos periodos de tranquilidad en los que me dedicaba a ahorrar, me encontré con un viejo amigo de la época en la que conocí a Marcela que me traía la novedad de unas fotos de España en las que estaba Marcela el día de su partida a Inglaterra.

Me decepcioné tanto soñar con Sevilla para que ella se fuera a Inglaterra sin siquiera acordarse de mi. Perdí el interés en viajar y me dediqué a recuperar mi antigua vida de bohemio. No me fue tan bien en ese empeño. Una noche barranquina mientras fumaba un cigarro en el acantilado, la brisa y el mar me susurraron unos sonidos que me hicieron recordar el tono de voz de Marcela, soñé por unos segundos con Sevilla y con mi viaje imposibles. Descubrí que Marcela y Sevilla seguían matándome suavemente con sus palabras inundadas de dejo español.

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