IR A UNA IGLESIA Y NO ESCUCHAR MISA
La mayoría de nosotros, que lleva un estilo de vida bastante apremiado por el trabajo y la crianza de nuestros hijos, generalmente buscamos que aprovechar los días festivos para realizar algún viaje. Por más corto que resulte nuestro destino de viaje, buscamos que capturar estos días que no son muy frecuentes. Y es de especial interés cuando se tiene la suerte que alguna de estas fechas caiga en día viernes o en día lunes, permitiéndonos prolongar nuestro viaje. Sin embargo estos feriados pueden coincidir con fechas en las que andemos gastados, y no hablo de una merma en el rendimiento físico, si no más bien de una merma en la condición económica. Con tantos préstamos, hipotecas, consolidaciones de deudas y demás variantes bursátiles, puede ser que en aquellos días no dispongamos de efectivo ni de línea de crédito para realizar un viaje como Dios manda. Esto me sucedió el presente año. Sin embargo, ahora que menciono el término Dios, les cuento que me di maña para realizar un viaje en Semana Santa.
Técnicamente no fue un viaje propiamente dicho, aunque depende de la óptica con que se le mire. Para el que piensa que un viaje implica abandonar su ciudad de residencia, definitivamente yo no viajé. Pero para el que considera un viaje, todo desplazamiento en el que se aprenda algo nuevo, entonces sí que viajé. Lo que se me ocurrió fue hacer lo que nunca hice en mis años de niñez. Como se trataba de Semana Santa, aproveché para hacer el llamado recorrido por las siete iglesias que hasta hace relativamente poco se acostumbraba a hacer. Si bien esta práctica está posicionada en nuestras mentes como propia de beatos y mustios, puede llegar a convertirse en productiva y por qué no divertida. El truco está en la actitud que uno muestre ni bien sale de su casa. Si uno sale con vestimentas negras, la cara tapada y rosario en mano, definitivamente se va a aburrir, ganará su parcela de cielo seguramente, pero se va a aburrir. Lo mejor es salir con la familia. Por supuesto que primero hay que convencerlos de que será una actividad divertida, en la que todos participaremos. Este año lo que hice fue convencer a mis hijos que tienen nueve y once años respectivamente que se podía viajar sin necesidad de gastar mucho dinero y sin tener que ir muy lejos necesariamente. Aunque cuando les comenté que íbamos a hacer un recorrido por varias iglesias, hicieron una mueca que me anunció su disconformidad. Lo que hice entonces fue decirles que nos tomaríamos varias fotos divertidas, nos encontraríamos con amigos allá y después nos iríamos a comer. Sus gestos mejoraron entonces pero aun no mostraban ese entusiasmo que siempre mostraban cuando salíamos en un viaje más ortodoxo, en los que abordábamos un avión o un tren, se cargaban maletas y no se regresaba a casa el mismo día. Fue cuando les aclaré que solo eran visitas a los templos, que admiraríamos la belleza de las construcciones y la iluminaciones nocturnas (nunca habíamos celebrado una misa de noche), que no demoraríamos más de veinte minutos en cada iglesia y sobre todo que no escucharíamos misa en ninguna de ellas, que realmente estallaron en júbilo.
Al final el viaje resultó muy divertido, recorrimos buena parte de Madrid visitando la Basílica de San Miguel, La Ermita de San Isidro, La Iglesia de San Francisco el Grande, La Iglesia de San Benito y San Manuel, La Catedral de la Almudena, La Iglesia de Los Dominicanos, La Iglesia de San José, La Iglesia de Santa Gema y La Iglesia del Niño Jesús, fueron más de siete iglesias en total, se terminó el espacio de la cámara digital y la verdad que no gastamos casi nada de dinero. Aprendimos bastante en este viaje, nos divertimos y nos integramos, e hice un gran descubrimiento, a mi tampoco me gusta la misa.
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