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NO HAY QUE AVERGONZARSE AL RECIBIR AL AMIGO SEGUNDA PARTE

Y llegó el día que mi amigo Gonzalo llegó al fin de viaje procedente de la ciudad de México. Hasta ahí se había desplazado merced a una oferta de viaje ni bien habíamos terminado de graduarnos de la carrera de Ingeniería. Fui temprano al aeropuerto, con la desesperante puntualidad que me caracteriza, según mis amigos. Media ahora antes de la hora señalada, ya estaba bien sentado en la sala de espera del aeropuerto esperando el anuncio de la llegada del vuelo de Gonzalo. Afortunadamente con idéntica puntualidad escuché el anuncio de la llegada del vuelo esperado y me puse en pie. Desde hacía una semana venía preparando el discursito que iba a decirle a Gonzalo cuando lo tuviese al frente, siempre tan ceremonioso yo. Caminé hasta la puerta por donde debía asomar la cabeza mi entrañable compañero de las aulas universitarias, vi pasar mucha gente antes de verlo aparecer con unas bolsas y unos sobres en las manos, el era la antítesis mía, siempre atolondrado y desordenado, unos papeles resbalaron de entre los sobres incluso iniciando una errática caída libre impulsadas por el viento del corredor de ingreso a la sala de espera del aeropuerto. Gonzalo tuvo que agacharse a recogerlos uno por uno mientras yo sonreía complacido, el momento había llegado. Cuando se puso en pie inmediatamente logró divisar las señas que le hacía con ambas manos como si fuese a dirigir el aterrizaje de un avión. Aceleró la marcha y se dirigió hasta mí posición, tuvo que dar un par de rodeos para superar las cintas de seguridad que marcan la ruta de camino, pero, llegando hasta mi posición, soltó todo el gajo de papelería que traía encima y me invitó a abrazarlo. Yo, cuadriculado como siempre, pensé en dictar mi preparado discurso, pero también fui presa de la emoción y me confundí en un fraterno abrazo con mi hermano. Fue interminable nuestro saludo, derramé unas lágrimas y lo confieso sin pudor, eran años de separación de mi hermano del alma, y como dos chiquillos, nos fuimos abrazados por el hombro rumbo a la salida del aeropuerto. El discurso quedó en el aire y pensé en lo idiota que hubiese resultado, dejemos eso para los políticos, seguí pensando.

 

            En el camino le comenté que mi auto estaba aparcado afuera y que mi mujer nos esperaba con un suculento almuerzo. Tanta habrá sido la emoción que, ya casi en la pista que nos conducía al estacionamiento, recordamos que debíamos reclamar el equipaje de Gonzalo, me contagié de su emoción y de su acostumbrado atolondramiento, regresamos e hicimos el reclamo correspondiente. Ahora sí, completos, nos dirigimos hasta mi auto y emprendimos la marcha hacia mi casa. En el camino le fui contando un poco cómo había transcurrido mi vida en estos años de ausencia. Me casé, tuve un hijo y estaba trabajando en la carrera que estudiamos revisando proyectos en una oficina del Estado. Así es, mi vida era rutinaria como siempre, era mi destino. Así que decidí cederle la palabra a Gonzalo, él era el de las emociones y pasó a contarme que al igual que yo ahora estaba con una pareja estable, no se llegó a casar pero si convivía con ella, no pensaban tener hijos todavía y se desempeñaba como Jefe de Proyectos de Suelos para una de las principales compañías de México. Me contó que en uno de sus viajes había tenido la oportunidad de visitar
la Península de Yucatán. A priori el viaje no era por cuestiones de trabajo, es más, me contó que aquellos días eran parte de sus vacaciones y que el destino lo llevó hasta allá. Como es de conocimiento general, existe una teoría muy aceptada por los científicos entre paleontólogos, antropólogos y demás estudiosos, que afirma que la extinción de los dinosaurios se debió a la nube de polvo que cubrió el planeta Tierra luego de que un meteorito de grandes proporciones hiciera impacto contra la superficie de la misma. Pues se cree que ese impacto se produjo justamente en la zona conocida por la geografía como
la Península de Yucatán en México. Específicamente el impacto habría tenido lugar en la zona conocida como Chicxulub donde se halla ubicado un cráter gigantesco cráter del mismo nombre. Se calcula que el cuerpo celeste en cuestión habría presentado un diámetro de diez kilómetros y que su impacto habría terminado con la extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años. Todos estos datos Gonzalo me los brindaba con la emoción desbordada que sólo un geólogo puede tener al haber estudiado los materiales del suelo y comprobar la existencia de minerales que abundan en el espacio exterior. Para él era caso cerrado y suscribió esa teoría.

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